Deja de comportarte como un perro. ¡Compórtate como un león!

Te habrá pasado alguna vez (o muchas veces) de encontrarte atrapado en un pensamiento o emoción. Por ejemplo de sentirte enojado o enfadado con alguien y perseguir este sentimiento durante todo el día e incluso por más tiempo.

Le das mil vueltas en tu cabeza, lo dejas un segundo y al siguiente ya estás aferrándote a él otra vez. No te hace sentir bien, lo sabes, pero tu mente no para de volver a revivir este sentimiento. Está pegado a ti.
Por cuánto te esfuerces en pensar en otra cosa o de practicar alguna actividad para evadir un poco, el enojo o el enfado te están esperando a la vuelta de la esquina. Y mientras él crece dentro de ti, tu alegría se esfuma y cualquier sentimiento de satisfacción se evapora.

Poco a poco te vuelves miserable. Indudablemente necesitas ayuda y el consejo es "Deja de comportarte como un perro. ¡Compórtate como un león!"

Un famoso lama tibetano, Nyoshul Khen Rinpoche, solía usar esta metáfora para enseñar a sus discípulos cómo tratar los pensamientos y las emociones. 

Cuando le lanzas una piedra a un perro, él perro persigue la piedra.
Así es cómo actúas tu cuando persigues cada pensamiento y cada emoción. Juegas con ello, te aferras a ello, piensas sobre ello, te enganchas a ello. Le das vueltas una y otra vez, justificas tu pensamiento inventando mil razones para sentirte enojado y al final te conviertes en tu pensamiento. Persigues tu sentimiento de enojo tal como el perro persigue la piedra.

Cuando le lanzas una piedra a un león, a este no le importa en absoluto la piedra. En cambio se dá la vuelta para ver quién está tirando la piedra.

La metáfora sugiere entonces que tienes dos opciones:
- puedes pasar tu vida persiguiendo piedras, tus emociones y sentimientos,
- o darte la vuelta y mirar quién está tirando piedras, tu mente, la que origina tus emociones y sentimientos.   

Así pues dirígete a tu mente, contrólala, todo lo que necesitas es una mente disciplinada. 
¿Como hacerlo? ¡Medita!
En lugar de aferrarte a tu emoción perturbadora, sé consciente de ella, obsérvala. En este momento en que te paras a observar, el sentimiento desvanece. Exhala y descansa. Al rato regresará, entonces vuelve a observar nuevamente. Exhala y descansa.
Con la práctica, esta emoción negativa perderá fuerza, se debilitará y será más fácil despegarse de ella. 
La meditación hará que tu mente sea más flexible y te será más fácil mantenerte en el presente sin ser perturbado por ningún sentimiento o emoción que pueda surgir. 

Al llegar a conocer tu mente y cómo dominarla, podrás descubrir una sutil sensación de bienestar que no puede ser sacudida pase lo que pase.

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Erase una vez, dos monjes zen que caminaban por el bosque de regreso a su monasterio.
En su camino debían de cruzar un río, en el que se encontraron llorando una mujer muy joven y hermosa que también quería cruzar, pero tenía miedo.

– ¿Qué sucede? – le preguntó el monje más anciano.

– Señor, mi madre se muere. Está sola en su casa, al otro lado del río y no puedo cruzar. Lo he intentado – siguió la mujer – pero me arrastra la corriente y nunca podré llegar al otro lado sin ayuda. Ya pensaba que no volvería a verla con vida, pero aparecisteis vosotros y  podéis ayudarme a cruzar…

– Ojalá pudiéramos ayudarte – se lamentó el más joven. Pero el único modo posible sería cargarte sobre nuestros hombros a través del río y nuestros votos de castidad nos prohíben todo contacto con el sexo opuesto. Lo lamento, créame.

– Yo también lo siento - dijo la mujer llorando desconsolada.

El monje más viejo se puso de rodillas, y dijo a la mujer: – Sube.

La mujer no podía creerlo, pero inmediatamente cogió su hatillo de ropa y montó sobre los hombros del monje. Monje y mujer cruzaron el río con bastante dificultad, seguido por el monje joven. Al llegar a la otra orilla, la mujer descendió y se acercó con la intención de besar las manos del anciano monje en señal de agradecimiento.

– Está bien, está bien- dijo el anciano retirando las manos. Por favor, sigue tu camino.

La mujer se inclinó con humildad y gratitud, tomó sus ropas y se apresuró por el camino del pueblo. Los monjes, sin decir palabra, continuaron su marcha al monasterio… aún tenían por delante diez horas de camino.
El monje joven estaba furioso. No dijo nada pero hervía por dentro. Un monje zen no debía tocar una mujer y el anciano no sólo la había tocado, sino que la había llevado sobre los hombros.

Al llegar al monasterio, mientras entraban, el monje joven se giró hacia el otro y le dijo:

– Tendré que decírselo al maestro. Tendré que informar acerca de lo sucedido. Está prohibido.

– ¿De qué estás hablando? ¿Qué está prohibido? -dijo el anciano

– ¿Ya te has olvidado? Llevaste a esa hermosa mujer sobre tus hombros – dijo aún más enojado.

El viejo monje se rió y luego le respondió: 

– Es cierto, yo la llevé. Pero la dejé en la orilla del río, muchas leguas atrás. Sin embargo, parece que tú todavía estás cargando con ella…


Cómo soltar las emociones perturbadoras

Los sentimientos negativos del joven monje, su ira y su enfado, permanecen mucho tiempo después del acontecimiento que lo ha enojado. Es incapaz de soltar su emoción destructiva y la culpa lo consuma.
El viejo maestro en cambio, vive el presente. Ha dejado atrás la mujer, su acción y es libre de carga emocional.

Son muchas las personas que viven como el joven monje, aferrándose a un pasado doloroso que son incapaces de soltar. El pasado se ha ido pero en el interior de estas personas siguen la pena y el lamento. Están atrapados en un incesante "runtuntun", viviendo una y otra vez la emoción negativa, alimentandola cada vez más. No pueden vivir en el momento presente como personas libres.

Imagina esto: alguien te hace un feo y tu reacciona enojandote. Empiezas a pensar en esta persona y en lo que te ha hecho, enojandote aún más. Llamas a una amiga para contárselo, luego te llama tu madre y también se lo cuenta, "me ha hecho esto", "ha dicho tal cosa sobre mi", "que cara dura tiene", etc. etc. Estás deseando que tu pareja vuelva a casa para ponerla al día del feo que te han hecho, y sigues hablando ininterruptamente del "por qué", "por como", "no sé qué y no sé cuánto". Vas a dormir con el enojo en la cabeza donde sigues dándole vuelta y vuelta. Por supuesto vas a dormir fatal y te despiertas aún peor. 

Has perdido un día entero corriendo detrás de esta emoción negativa, descuidando todo y todos porque tu cuerpo estaba allí pero tu mente estaba todo el rato con aquel alguien que te había hecho el feo. ¿Para qué?

No dejes que tu mente fabrique películas infinitas y deja de sufrir en tu imaginación. Vuelve al presente, libérate de tus pensamientos, reconéctate a tu respiración, inspira-expira, estás aquí.

A través de la respiración consciente puedes devolver la mente al ahora y darte cuenta que el dolor, la ira, el resentimiento, son imágenes ilusorias creada por tus pensamientos. En el presente estás a salvo porque sabes que los acontecimientos creados por estos engaños de la mente son ilusorios. 

Si practicas las meditación, la respiración consciente y la atención plena, serás capaz de observar y reconocer que estos fantasmas mentales no son reales y podrás liberarte de ellos y de la prisión a la que te tienen anclado.

El momento presente es lo único que tienes, haz del ahora el centro fundamental de tu vida y vivirás libre de sufrimiento. 

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